Algarrobo Blanco de Altautina
Está en el centro de la calle principal de la localidad de Altautina, en el Valle de Traslasierra, a 160 kilómetros al oeste de la ciudad de Córdoba.
En Traslasierra, en el oeste cordobés, el algarrobo es “el árbol” por antonomasia. También en Traslasierra, en Altautina, pueblo del departamento San Alberto, hay un algarrobo digno de celebración, cuando menos cuatro veces centenario, sin duda una de las maravillas de Córdoba.
El lugar, denominado en sus orígenes coloniales “Potrero de Altautina”, está próximo a Panaholma, a la vera del camino. Y rige su tiempo y su espacio un algarrobo densamente coposo, copioso de sombra, membrudo y patriarcal. Se asegura que no pueden rodear su tronco ni cuatro hombres que suman sus brazos. Pero él pareciera abrazar a todos: vecinos, pájaros…
Altautina creció congregando alrededor de este algarrobo caballadas y vacadas, oficiando asimismo de posta para viajeros, reuniendo destinos, soledades, rumbos y anhelos. Los primitivos habitantes del lugar, los comechingones barbados, preparaban con la fruta del árbol la algarroba, el patay –pasta hecha con harina vegetal– y bebidas fermentadas como la chicha y la aloja. Los antiguos dueños de la tierra no le mezquinaban garganta al beberaje dionisíaco y, por cierto, el algarrobo de Altautina habrá cobijado sus éxtasis parlantes y danzantes.
El añoso y ancho algarrobo, imperturbable frente al tiempo que nada perdona, sigue siendo para Altautina ese gigante bonachón que agrupa a la gente, ahora a salvo y para siempre de la tala indiscriminada a que fueron sometidos sus pares desde comienzos del siglo 20, hasta diezmarlos, como lamenta el escritor villadolorense José María Castellano en su novela testimonial Réquiem por el árbol.
Cómo ignorar que este árbol histórico es una de las maravillas de nuestra provincia, símbolo noble de la relación del hombre con la naturaleza, de la amistad del pueblo con el paisaje. Ojalá que las autoridades responsables de preservar todo aquello que hunde profundamente sus raíces en el ayer y en el presente, como el algarrobo de Altautina, reconozcan lo maravilloso que esplende en él, con su follaje sombroso, cuajado de trinos, claridades, penumbras, rumores, voces y silencios, verdadero Dios tutelar de pecho a los manotazos cósmicos que aún nos desconciertan y a las distancias que inexplicablemente aún nos separan.
(publicoencordoba)
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